Sekiro: Shadows Die Twice es un juego de acción en tercera persona ambientado en un Japón feudal reimaginado con tintes sobrenaturales. Controlamos a un shinobi conocido como “el Lobo”, en una historia de redención y venganza tras el secuestro de su joven señor. A diferencia de otros títulos de FromSoftware, aquí no hay creación de personaje ni clases: el protagonista tiene rostro, nombre, motivaciones y un arco definido. Esto aporta un enfoque más emocional y centrado a la narrativa, sin perder el gusto del estudio por la ambigüedad y el worldbuilding implícito.
Desde el primer momento, Sekiro deja claro que no está interesado en que el jugador “suba de nivel” de forma tradicional. No hay estadísticas que personalizar ni armas intercambiables. La progresión se basa en dominar el sistema de combate, que gira en torno a tres pilares: postura, ritmo y agresividad. Los enemigos —y tú— no mueren al vaciar su barra de vida, sino al romper su postura y ejecutar un golpe mortal. Esto convierte cada enfrentamiento en un duelo tenso, donde el objetivo no es evitar el daño, sino dominar el tempo y presionar constantemente.
Es aquí donde Sekiro se aleja más que nunca del ADN soulslike. El combate exige que te mantengas encima del rival, que bloquees y hagas parrys con precisión, y que reconozcas patrones como si estuvieras jugando una coreografía. En muchos momentos, se siente más como un juego de ritmo que como uno de acción pura. Saber cuándo atacar, cuándo defender y cuándo esquivar no es solo importante: es esencial para sobrevivir. No puedes depender de armaduras, invocaciones ni farmeo. Debes aprender, interiorizar y ejecutar.
A nivel mecánico, el juego también introduce elementos que lo diferencian de sus hermanos de estudio:
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El gancho permite una verticalidad inédita, tanto para el desplazamiento como en combate.
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Las prótesis shinobi (como el hacha, la lanza o el lanzallamas) ofrecen herramientas situacionales que amplían tus opciones tácticas.
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El sigilo, si bien secundario, sirve para eliminar enemigos más fácilmente o preparar encuentros difíciles.
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El sistema de muerte doble permite revivir una vez por combate, lo que introduce un pequeño margen de error sin trivializar los desafíos.
Visualmente, el juego brilla con una dirección artística cuidada. Desde castillos sobre acantilados hasta bosques nevados o templos en ruinas, cada zona tiene identidad propia y un sentido del lugar marcado. La ambientación mezcla historia japonesa y folclore oscuro, creando un mundo coherente, amenazante y bello.
Puntos fuertes:
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Combate técnico y único, donde el ritmo y la presión lo son todo.
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Ambientación visualmente impactante, con escenarios memorables.
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Progresión basada en la mejora real del jugador, no en estadísticas.
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Herramientas variadas que enriquecen el combate sin romper su equilibrio.
Puntos flojos:
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Su dificultad puede frustrar y alejar a muchos jugadores.
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Ausencia de personalización reduce la rejugabilidad.
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Algunas secciones de sigilo se sienten poco desarrolladas.
En resumen, Sekiro: Shadows Die Twice no busca agradar a todo el mundo. Es un juego con una identidad clara, que exige precisión, constancia y paciencia. No se trata de subir de nivel al personaje, sino de hacerlo como jugador. Para quienes aceptan ese contrato, ofrece uno de los sistemas de combate más refinados y memorables de la última década. Una experiencia desafiante, coherente y profundamente gratificante.
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